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Lo propio y lo ajeno

Lo propio y lo ajeno Más que parrilla televisiva esto es un contenedor de lo más freak. Por cierto si alguien entiende el uso de “parrilla” en este caso que me lo explique, hasta el léxico en este país resulta de lo más estrambótico, todo sea por fingir dominio lingüístico; no nos engañemos yo el primero.

He visto el Diario de Patricia, a buen seguro lo conocerán, y sino con cualquier sucedáneo comprenderán lo que a continuación escribo.

Es ese programa en el que lo invitados relatan las ideas y venidas de sus vidas, en las que abundan infidelidades por doquier, incestos, vidas sexuales excitantes (bueno dejémoslo en siniestramente excitantes), adictos a la disco (todos se empeñan en ponerse a bailar las últimas tendencias en Bacalao, a pesar de la mofa del público, que sediento de morbo clama a los invitados, a modo circo romano), y un largo etc. Es curioso pero me atrevería a decir que la totalidad de los invitados pertenecen a un patrón similar.

Si apelaría a la inmoralidad de estos programas caería en un tópico. Pero no lo haré. Quisiera apelar a nuestra inmoralidad, no a la de los invitados, ni tan siquiera a los creadores de tales productos televisivos. Si a NUESTRA inmoralidad, incluso denunciar la inmoralidad de aquellos que no ven tales programas o de aquellos que no dicen verlos (que a efectos de imagen social son los mismos, no así a efectos prácticos reales). Por qué. Bueno siempre hacemos mofa de los invitados, yo acabo de hacerlo, incluso, sin intención de prejuzgarles a ustedes, me aventuro a decir que están de acuerdo con mis primeras palabras.

Miramos a esta gente adicta a asistir a estos programas, con la propósito de divulgar desvergonzadamente sus vidas e insólitas derivaciones, con una pretenciosa y pretendida superioridad moral, y no, no lo somos.

Porque hacemos mofa de sus vidas y lo que es peor de su condición social (si bien no lo vayamos a admitir nunca este obsceno regodeo), porque creemos que hay más telebasura en estos programas que en programas informativos (fingidamente informativos), porque creemos que la decadencia es suya (cuando también es nuestra), porque los tildamos de grotescos (a nuestros ojos merecen un trato indigno, si bien no quisiera cometer el demagógico error de que toda persona merece el mismo respeto, eso no, eso si que no).

Recuerdan al entonces Presidentísmo Aznar despotricando contra la tv, curioso verdad, él que ostentaba una responsabilidad directa sobre la programación de los medios públicos, medios en los que, destila y destilará, venga quien venga y caiga quien caiga, telebasura en el sentido más sincero y menos tópico del término, a los hechos me remito: Ana y los 7, Noche de fiesta, Urdaci (“un profesional como la copa de un pino” Javier Arenas dixit.), Pedro Ruiz (un pretencioso intelectualoide apócrifo héroe de la televisión de calidad), etc. Todos hemos sido un poco Aznar, mirando por encima del hombro lo ajeno, en este país lo propio siempre prevalece sobre lo ajeno. Y este insidioso principio nos da coto de caza moral. Que país, ay que país.

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